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CONNECTIONS | MAGAZINE

Viajando a Guatemala, la tierra de mis padres, me transportó a los recuerdos de mi niñez

En el supermercado Hi-Lo en Jamaica Plain, siempre encontrábamos el sabor a hogar.

Maura Intemann/Globe staff

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Cuando tenía 28 años, viajé a Guatemala, la tierra de mis padres, durante seis meses. Por aquel entonces, estaba arraigada en Boston: alquilaba una habitación en un primer piso en Jamaica Plain y trabajaba en una escuela local. Pero algo más fuerte me llevó a subirme a un avión. Era la atracción de la página en blanco, el anhelo de conocer los detalles de las historias que había crecido escuchando sobre la vida de mi madre en la ciudad de Guatemala y la infancia de mi padre en una granja de Escuintla. Estaba preparada.

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Armada con cuadernos nuevos, una computadora e incluso una impresora que mi madre y yo pudimos meter en mi maleta, dejé Massachusetts –donde nací y me crie– y viajé a casa, o, al menos, a la mítica madre patria.

Pero, no tardé en echar de menos lo familiar. Me encantaba la vida en Guatemala: iba a clases de español, compraba productos en el mercado e incluso fui de excursión a un volcán. Pero una mañana, mientras caminaba por una acera estrecha y agrietada de la ciudad de Quetzaltenango, pasado el período de deslumbramiento, capté de soslayo un destello plateado. No era raro que la gente tuviera tiendas o mercados delante de sus casas. Bajo el sol abrasador, los aperitivos americanos –Rice Krispies Treats, Snickers, Baked Lays– brillaban en ordenadas filas, prácticamente llamándome. ¿Qué tiene lo familiar que nos pone tan nostálgicos? Solo el envase arrugado me transportó a los Estados Unidos. Compré uno de cada uno de los paquetes, y radiante volví a la avenida.

Imagino que esto es lo que debió sentir mi madre al visitar el supermercado Hi-Lo Foods cuando ella y mi padre vivían en Jamaica Plain en los años setenta. Más tarde, todos nosotros –mi madre, mi abuela, mis tías, mis primos y yo– íbamos a menudo a Hi-Lo, como si fuera una excursión, el momento importante del día. Bajábamos por la calle Sheridan y por la acera de la calle Centre, pasando por el restaurante cubano y el salón de billar, y entrábamos en “el Hi-Lo”.

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En mis recuerdos, el interior de la tienda era aún más brillante que el mural del exterior: las luces brillaban sobre las pirámides de fruta exhibidas, las interminables cajas de limas, mangos y plátanos, y los estantes repletos de bolsas de Maseca y frijoles negros, marrones y blancos. Los nombres de las latas y los paquetes estaban en español. Incluso en los anuncios aparecían latinos: una familia sonriente de cuatro personas agarrando cocos verdes o una abuela riendo con su nieta mientras agregaba pepita molida en una olla plateada sobre la estufa. Recuerdo a la gente hablando en español, y el chirrido del carrito de compras mientras seguía a mi abuela por cada pasillo, esperando un dulce en la cola de la caja. Ella siempre decía que sí.

Mi madre me cuenta que Hi-Lo era el lugar donde sentía que podía ser ella misma, una americana dentro de Estados Unidos. También era el lugar donde se encontraba con los vecinos y entablaba conversaciones con otras mujeres latinas. Un día, en Hi-Lo, conoció a una mujer llamada Esperanza que, como ella, era de Guatemala. Esperanza era propietaria de un piso de tres plantas al otro lado de la calle y también había comprado una casa tipo rancho en Framingham. Invitó a mi familia a su casa un domingo para un almuerzo guatemalteco de caldo de gallina humeante y tortillas frescas, probablemente con ingredientes que había comprado en Hi-Lo. Los adultos recordaban mientras los niños corrían por el patio trasero. Pronto mis padres se reunieron con un agente inmobiliario. Compraron una casa a la vuelta de la esquina.

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Aun así, cada fin de semana nos subíamos a la camioneta granate de mis padres y regresábamos a Jamaica Plain. Inevitablemente, cada visita incluía una parada en Hi-Lo. A veces mis hermanas y yo esperábamos en el coche con papá mientras mamá compraba. Le encantaba la vida en Estados Unidos y todo lo que le proporcionaba a ella y a su familia. Aunque Hi-Lo cerró en 2011 (fue sustituida por un Whole Foods), todavía me aferro a los recuerdos de mi madre volviendo al carro con el carrito de compras lleno hasta arriba, la yuca y las tortillas y la panza y el cilantro y el sazón y el arroz y el queso fresco –algunos salados, otros dulces, y todos ellos pequeños lazos al hogar.


Jennifer De Leon es autora de Don’t Ask Me Where I’m From y White Space: Essays on Culture, Race, and Writing. Su próxima novela, Borderless, saldrá a la venta en 2023. Envíe sus comentarios a magazine@globe.com.